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sábado, 20 de febrero de 2010

El reino de la princesa-segunda parte-Escrito por mi

Cuando pensé que la obra maestra, que yo misma había imaginado, había concluido,  me di cuenta de lo herrada que estaba. Mis pupilas, como eclipses, observaron la pequeña y frágil imagen que se formaba.
A lo lejos y entre las montañas, se abría, casi mitológicamente, un pequeño sendero de agua, tan cristalina como la paz. A sus orillas solo la nieve podía distinguirse, y tal vez un que otro brote. Allí la vi, estaba sentada justo al lado del helado río, estaba sola y parecía preocupada. Me detuve a observarla, todavía no lograba diferenciaba bien.
Y otra vez mi cabeza pinto una obra de arte para mi, Ella era mas pálida que todo ese escenario a su alrededor, su tono de piel partía desde el rosado hasta el azul, en una excelente gama de colores fríos y suaves. Su cabello era de un rubio, mas blanco que el trigo, lacio pero revuelto, dos mechones acariciaban sus pómulos y el resto caía sobre sus hombros y espalda formando unas pequeñas curvas a medida que acababan. Sus labios como pétalos violetas casi azules, sus ojos más oscuros que un enorme océano nocturno, su  nariz respingada solo se dejaba ver para mostrar unas adorables pecas. Sus pestañas café cubrían sus tristes parpados, mientras que su mirada seguía perdida. Lentamente pude visualizar su vestimenta. Tenia un vestido de mangas abuchonadas  que dejaba ver sus hombros, poseía un pequeño escote con un bordado dorado, el vestido continuaba al ras de su esquelético cuerpo hasta la cintura, luego se ensanchaba para dar comienzo a  pliegues y pliegues de tela rosada, que casi parecía de terciopelo o gamuza. El vestido era todo rosa, un rosa tirando a púrpura, como viejo y tenia pequeños detalles en hilo dorado y perla. Sobre su cuello un pequeño, pero  detallado, rosario negro como el petróleo, en sus pies uno pequeños zapatos casi acharolados rosas pastel, sus manos poseían cintas de raso de diferentes colores, azul, violeta, fucsia, celeste, etc. Pero lo que mas me llamo la atención fue lo que vi aparecer en su cabeza, pude observar una puntiaguda, dorada y delicada tiara, como una pequeña corona con diamantes rosas, posarse en su cabello armoniosamente.
Y fue ahí cuando me di cuenta, de que no era una pueblerina o una cualquiera, ella era una princesa y ese era su reino. Que maravillosa y retorcida era mi mente, como algo tan oscuro y podrido puede engendrar semejante hermosura. Supongo que mi constante agonía da sus frutos. Por que yo en ese momento era feliz de verdad.
Salí de mis pensamientos para  seguir observándola, en seguida le coloque un nombre: Amy Melrose`s. No me pregunten por que, porque ni yo se como ese nombre termino plasmado en este bello espejismo. Pude ver que se estaba parando muy lentamente, saco un pequeño pañuelo celeste y se seco una lágrima, casi con odio. De un golpe se dio vuelta y comenzó a caminar a paso agigantados, como si se obligara asi misma a llevarse a su destino. Un castillo broto, violentamente, del suelo, casi destruyendo, lo que en mi cerebro floreció. Era enorme, gris, viejo, lleno de torres y parras, con una  deforme puerta de caoba marrón amenazando con caerse.
A ese castillo, el de la familia Melrose`s, entro mi princesa. Aquella familia tenía como escudo a una serpiente devorando un ratón vivo, ese era el escudo que los representaba, un largo y flacucho animal que se alimentaba de  criaturas vivas. ¿Metafórico verdad? Ese mismo escudo se hallaba en cada rincón del castillo, como si fuera un recordatorio, un estilo de vida, o simplemente por que la familia se sentía orgullosa de su escudo. Podía visualizarse un amplio vestíbulo, revestido con alfombras, que daba pie a otras recamaras y pasajes, pero uno de los tantos pasillos del castillo daba a una amplia y ceremonial escalera, amplia y ostentosa con sus barandas de oro y alfombra roja.
Amy atravesó el extenso pasillo, doblo a la izquierda, pisando fuertemente el piso que rugía como leones, y subió las escaleras. Al finalizar, y todavía con una mano en el barandal, doblo a la derecha y ya no pude verla, su imagen se desvanecía a través de una pared. Quise que mi mente siga imaginando, que me lleve a ese lugar. Pero no. Finalmente yo me había quedado dormida. Lo había conseguido, me pude entregar a Morfeo y  hasta la próxima noche no sabia nada de mi princesa.
Cuando me desperté sentí una sensación extraña, me sentí bien, talvez feliz. No se bien porque, es raro que yo a la mañana me sienta bien, normalmente me pesa el cuerpo y  casi  no puedo moverme, pero me levante de un salto. Esa mañana se resumió al buen humor, claro que no duro mucho. Rutina y mas rutina, intentos de sobrevivir en vano, gritos y acusaciones, recuerdos... todo ocurría de nuevo. Maldita sea.
A la noche no hice mas que recurrir a mi escabrosa mente, y entre el frió de mi habitación y las duras telas que conformaban mi lecho, viaje a otro mundo. Y ahí estaba ella, abriendo una gigante puerta oscura, dando pasos firmes.  Entro. Claramente, y con horror visualice la recamara.
Era un lugar oscuro, todo cubierto de alfombras rojas, pero un rojo gastado y viejo, apagado casi. Se sentía un aire moribundo, casi de hospital, casi nada en el cuarto estaba iluminado, solo una pequeña vela junto a una enorme cama. Amy hizo sonar los pisos madera revestidos, hasta arrodillarse junto a esa bella, y algo tétrica, cama. Me dio miedo, pero dirigí mi curiosidad a esa imagen. La princesa se arrodillo tiernamente, bajo la cabeza y apretó los labios, con una mano en su negro rosario y otra  agarraba tristemente otra mano, una más avejentada y pálida. Comenzó a rezar en voz baja y a murmurar en otro idioma, y me sentí como en una iglesia, el eco era impresionante, retumbaba cada movimiento. Hasta las palabras entre llantos de  la joven.
Pero la parte mas escalofriantes de la escena fue una, que hasta el día de hoy, dos años después, es inolvidable. Sobre la cama, como una momia, se encontraba una mujer mayor, arrugada, blanca como el papel, casi gris. Tenia la boca abierta de una manera mortuoria, y sus ojos placidamente cerrados, sus manos una sobre la otra, y  sobresaliendo de las sabanas, podía ver le puesto un camisón celeste, con puntilla en el cuello y mangas, estaba muy arrugado, como si hace mucho lo llevara puesto. Su cabello gris se entrelazaba con la cantidad de frazadas y almohadones que, a manera de comodidad, rodeaban y cubrían a la anciana. Arrugas en toda su piel y manchas de la edad, ojeras enormes y cara chupada, pocos dientes. Un ser horrible, pensé  que Amalia Melrose`s, madre de Amy,  estaba muerta.
Pero no. Ella no estaba muerta, tampoco dormida. Tenia una enfermedad terminal que la consumía poco a poco, una que la avejentaba y pudría por dentro, una horrible y silenciosa. Al parecer la pobre señora obtuvo esta enfermedad poco después de la muerte de Alberto Melrose`s, su marido, quien murió en la guerra luchando para defender, sus tan ricas y bellas, tierras. Puede que Amalia haya enfermado contagiada por  alguna enfermedad que el rey, antes de morir haya cultivado y  se lo haya transmitido a su reina.  O bien pudo enfermar de resfriado, ya que en esa época  la mortalidad de la gente no era como la de ahora, dado a que no poseían suficientes defensas. Pero esos hechos ridículamente, aceptados por la sociedad, no eran la causa de su estado. Estaba enferma y se estaba muriendo, de tristeza. Porque no solo su amado murió, también parito al cielo, su ángel, su protector, su vida. Y quedo sola con su hija de apenas 12 años, y con todo un reino que cuidar. 

1 comentario:

  1. holaa!

    me encantoooo.. escribes hermosisímoo! deberias hacerlo mas seguido para desarrollar esa preciosa habilidad (:

    besoos!

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